Eterna Madrid
Madrid volvió a golpearme por una calle de frío. Tuve suerte de que me abrigara tu ausencia. Tres años antes ya sentí el mismo desconcierto de no saber dónde caía el norte, el sur, el mar o la montaña. Sin ubicar ni la Castellana ni la Puerta del Sol. Salir del metro laberinto, vacío con una multitud de gente que anda más aprisa.
Llovía, como entonces, pero ya no llevaba puesta mi vida, toda ella, dentro del coche, cargado. Entonces, inicié el viaje para poder olvidarla, o recordarla lejos. Para no poder volver atrás, aunque lo intentara por tres ocasiones desesperadas. Cuando las piernas duelen de tanto andar, sin sitio donde vivir, es cuando la ciudad te somanta una hostia en la cara. Llegué a comerme el mundo y ella (Madrid) me había mordido.
Por suerte, me acompañaba una sensación extraña: “estás en el camino”. Seguí adelante. Siempre lo hago. Llegué a lo más alto, donde quise, y sólo me faltaba el “...al cielo”. Un año después, decidí rechazar los contratos millonarios por iniciar otro sueño. Otro sueño que me llevaría, tras descender a los infiernos, a Madrid otra vez.
Aquí me hallo, pero esta vez vuelvo.







