No quepo.
Estoy bien jodido. En este mundo sólo hay sitio para soñadores y realistas. Yo, no quepo.
Los realistas pisan el suelo y te dan la bienvenida una y otra vez al mundo real, donde ellos habitan. Joden a los demás antes de que le jodan a ellos. Tirando la primera piedra por si acaso, y pensando en justificarse porque el otro también lo haría. Regatean pidiendo más de lo que merecen intentando restar de lo que le corresponde un trozo del otro para alimentar la sensación del haber ganado. Están por todas partes: en la oficina, en la escalera, en la cola del pan y sentados justo al lado de uno en el mismo vagón de metro. Ocupan su sitio y más del que les corresponde y yo, no quepo.
Los soñadores viven en la inopia, e ignoran que el mundo se los quiere comer, que son blanco de abusos de guante blanco. Sueñan imposibles porque dan por hecho que nunca los conseguirán. Ni siquiera nadan contra corriente; sólo nadan de frente, mirando al cielo. Piden menos de lo que merecen para entregar su sitio a los realistas, regatean a la baja, siempre sienten que han perdido de antemano y se justifican con que el sueño, sueño es. Están por todas partes: en la oficina, en la escalera, en la cola del pan y de pie justo al lado de uno en el mismo vagón de metro. Ni siquiera ocupan el sitio que les corresponde y yo, no quepo.
Los pasivos, los activos. Cada uno opuesto al otro y tan vinculado. Ellos, en su pureza, siempre caben.
No caben los activos pasivos, que mueven el mundo quedándose quietos, estáticos. Los amos que esperan que el esclavo pida lo que quiere hacer. La polla quieta con fuerza, que acumula la carga de un condensador eléctrico para estallar, pasiva. La vida en muerte, el realizar sueños. Ni siquiera ahí. No, no quepo.
No caben los pasivos activos, que no dejan de moverse siempre sobre el mismo sitio. Los esclavos que exigen su humillación. El coño quieto en las caderas que cierran un infinito símbolo, que recibe relajado un estallido de semen, bebido a garganta abierta, activa. La muerte en vida, el soñar realidades. Ni mucho menos ahí. Tampoco. No quepo.
No hay sitio para los viejos niños, ni para las criaturas ancianas.
Ni para lesbianas femeninas, gays masculinos, putas devotas o monjas lascivas.
Ni lo caro de saldo, ni la oferta del lujo.
Ni desearte a lo lejos y acercarme a un palmo frígido.
No, no quepo.
Quizás por eso fui siempre tan pequeño.
Los realistas pisan el suelo y te dan la bienvenida una y otra vez al mundo real, donde ellos habitan. Joden a los demás antes de que le jodan a ellos. Tirando la primera piedra por si acaso, y pensando en justificarse porque el otro también lo haría. Regatean pidiendo más de lo que merecen intentando restar de lo que le corresponde un trozo del otro para alimentar la sensación del haber ganado. Están por todas partes: en la oficina, en la escalera, en la cola del pan y sentados justo al lado de uno en el mismo vagón de metro. Ocupan su sitio y más del que les corresponde y yo, no quepo.
Los soñadores viven en la inopia, e ignoran que el mundo se los quiere comer, que son blanco de abusos de guante blanco. Sueñan imposibles porque dan por hecho que nunca los conseguirán. Ni siquiera nadan contra corriente; sólo nadan de frente, mirando al cielo. Piden menos de lo que merecen para entregar su sitio a los realistas, regatean a la baja, siempre sienten que han perdido de antemano y se justifican con que el sueño, sueño es. Están por todas partes: en la oficina, en la escalera, en la cola del pan y de pie justo al lado de uno en el mismo vagón de metro. Ni siquiera ocupan el sitio que les corresponde y yo, no quepo.
Los pasivos, los activos. Cada uno opuesto al otro y tan vinculado. Ellos, en su pureza, siempre caben.
No caben los activos pasivos, que mueven el mundo quedándose quietos, estáticos. Los amos que esperan que el esclavo pida lo que quiere hacer. La polla quieta con fuerza, que acumula la carga de un condensador eléctrico para estallar, pasiva. La vida en muerte, el realizar sueños. Ni siquiera ahí. No, no quepo.
No caben los pasivos activos, que no dejan de moverse siempre sobre el mismo sitio. Los esclavos que exigen su humillación. El coño quieto en las caderas que cierran un infinito símbolo, que recibe relajado un estallido de semen, bebido a garganta abierta, activa. La muerte en vida, el soñar realidades. Ni mucho menos ahí. Tampoco. No quepo.
No hay sitio para los viejos niños, ni para las criaturas ancianas.
Ni para lesbianas femeninas, gays masculinos, putas devotas o monjas lascivas.
Ni lo caro de saldo, ni la oferta del lujo.
Ni desearte a lo lejos y acercarme a un palmo frígido.
No, no quepo.
Quizás por eso fui siempre tan pequeño.




