Estoy seguro.

Estoy seguro.
Debió ser una caricia con la punta de mis dedos la que debió electrizar un poro decisivo de su piel. Del pronóstico inerte del inmediato abismo de salvar con médicos, doctores, licenciados, expertos, quizás nada el amor podía hacer -decían-. No fue así.
Debió ser una caricia con la punta de mis dedos la que debió electrizar un poro decisivo de su piel. Del pronóstico inerte del inmediato abismo de salvar con médicos, doctores, licenciados, expertos, quizás nada el amor podía hacer -decían-. No fue así.
Estoy seguro.
En alguna parte del alma reside una luz, capaz de abrir paso a la vida en cientos de miles de millones de casualidades, como el brillo de una estrella en un firmamento de noche. En alguna parte, vida. En algún rincón de infinitos abrazos, una llama invisible.
Estoy seguro.
Del rezo sincero, en silencio. Del equilibrio. Del amar constante, lento. Del detener el tiempo a solas, sin que nadie se de cuenta. Del transcurso vital motivado por emociones conductivas, del dirigir el alma hacia donde el río lleva, del arroyo de agua clara, de la música constante. Del amor heredado.
Estoy seguro.
De que seré el mejor padre para ti, que te amaré toda la vida, que cuidaré de tu alma, contigo, que te agradeceré hasta que muera el milagro de que nazcas. Será así. Un trozo de mi corazón está en ti, te pertenezco. Te quiero. Gracias.
Mi hijo tiene sólo 20 semanas y media de vida.
Ya lo espero con una emoción absoluta. Si todo va bien, nacerá a finales de noviembre.



